Cuando las montañas eran jóvenes, los bosques vírgenes y las llanuras rebosantes de vida estaban, las aves empezaron, su torpe andadura primero y algunas a volar después, su historia.
No es una historia de amor, ni de misterio. Porque las aves voladoras no piensan igual que nosotros. Piensan, pero al volar muy alto su imaginación y sus peculiares estilos de vida no les permiten pensar de formas que el ser humano cree convencional.
Cierto día, una ave de rapiña, nombrada por los hombres de ciencia caracara, se quiso alejar de sus congéneres. Su plumaje, blanco veteado con pardos, grises y negros, y su pico, de un vivo tono anaranjado y rematado en azul, le avergonzaron frente a águilas, halcones, gavilanes y milanos. Esas aves, vanagloriadas y pagadas de sí mismas por sus brillantes pardos, amarillos y blancos veteados, eran la veneración del hombre.
Fastidiada de ver tanta vanagloria, El caracara reunió a cuantos le fuesen parecidos a él y se retiró. Rehuía de cuanto animal que no le fuese comida se encontrase. Buitres, milanos, azores, águilas, halcones... a su paso todos se burlaban o les temían. Y, sin embargo, nadie admiraba la verdadera grandeza de su aspecto. Todos se tomaban unos minutos de su faena diaria solo para cotillear de ellos y soltar grandes risotadas. Eso causó que fuesen celosos incluso entre ellos.
Un día, un pintor quiso buscar una excusa perfecta para honrar a cuantas aves existiesen en el cielo que le parecieran hermosas. Todo género de avecillas se le acercó cantando y gritando "¡Mírame! ¿Mi plumaje es hermoso?" "¿No crees que mi voz es un coro de ángeles?" Las rapaces, con garras por cuchillas, exigieron a voces que fueran las primeras. Pese a ser majestuosas, veloces o de hermoso plumaje, el pintor no creyó que fuesen dignas. Despreció a los buitres, por ser sucios carroñeros. Y, en respuesta, todas se fueron ofendidas. Todas menos un solitario caracara que se separó del grupo, rezagado. "¡Qué hermosa ave! Y está sola", dijo para sí. Buscó y, pocos días después, encontró al mismo ejemplar al que, sin pedir permiso, decidió retratar.
Éste, ofendido, convocó a sus hermanos y hermanas. Nadie acudió a su deseo de ir en pos del pintor, pues se maravillaron de ver que un humano les tomaba la atención que ellos merecían. Todos tomaron la resolución de partir en todas direcciones para demostrar a esas aves diurnas pagadas de sí mismas que, si ellos se lucían, dos o más podían jugar el mismo juego.