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martes, 22 de septiembre de 2015

Garras

Cuando las montañas eran jóvenes, los bosques vírgenes y las llanuras rebosantes de vida estaban, las aves empezaron, su torpe andadura primero y algunas a volar después, su historia.

No es una historia de amor, ni de misterio. Porque las aves voladoras no piensan igual que nosotros. Piensan, pero al volar muy alto su imaginación y sus peculiares estilos de vida no les permiten pensar de formas que el ser humano cree convencional.

Cierto día, una ave de rapiña, nombrada por los hombres de ciencia caracara, se quiso alejar de sus congéneres. Su plumaje, blanco veteado con pardos, grises y negros, y su pico, de un vivo tono anaranjado y rematado en azul, le avergonzaron frente a águilas, halcones, gavilanes y milanos. Esas aves, vanagloriadas y pagadas de sí mismas por sus brillantes pardos, amarillos y blancos veteados, eran la veneración del hombre.

Fastidiada de ver tanta vanagloria, El caracara reunió a cuantos le fuesen parecidos a él y se retiró. Rehuía de cuanto animal que no le fuese comida se encontrase. Buitres, milanos, azores, águilas, halcones... a su paso todos se burlaban o les temían. Y, sin embargo, nadie admiraba la verdadera grandeza de su aspecto. Todos se tomaban unos minutos de su faena diaria solo para cotillear de ellos y soltar grandes risotadas. Eso causó que fuesen celosos incluso entre ellos.

Un día, un pintor quiso buscar una excusa perfecta para honrar a cuantas aves existiesen en el cielo que le parecieran hermosas. Todo género de avecillas se le acercó cantando y gritando "¡Mírame! ¿Mi plumaje es hermoso?" "¿No crees que mi voz es un coro de ángeles?" Las rapaces, con garras por cuchillas, exigieron a voces que fueran las primeras. Pese a ser majestuosas, veloces o de hermoso plumaje, el pintor no creyó que fuesen dignas. Despreció a los buitres, por ser sucios carroñeros. Y, en respuesta, todas se fueron ofendidas. Todas menos un solitario caracara que se separó del grupo, rezagado. "¡Qué hermosa ave! Y está sola", dijo para sí. Buscó y, pocos días después, encontró al mismo ejemplar al que, sin pedir permiso, decidió retratar.

Éste, ofendido, convocó a sus hermanos y hermanas. Nadie acudió a su deseo de ir en pos del pintor, pues se maravillaron de ver que un humano les tomaba la atención que ellos merecían. Todos tomaron la resolución de partir en todas direcciones para demostrar a esas aves diurnas pagadas de sí mismas que, si ellos se lucían, dos o más podían jugar el mismo juego.

viernes, 18 de septiembre de 2015

Lagunas del universo

Deja correr tus impalpables lágrimas,
pues no tendrán desagüe que las retenga
mientras el camino de las ánimas
siga sin nadie que poder tenga.

Tus súplicas no pueden frenar
aquello que es inalienable
mientras esperas el juicio a ganar
frente a los dioses de lo inexorable.

Debes comprender esto, mortal:
tu vida es simple y vana
mientras luches contra tu moral.

Nunca intentes suplicar lo inaplicable,
pues tu sentencia sea viajar en vano
por tu furia implacable.


miércoles, 9 de septiembre de 2015

Màs allà de las estrellas

El suave, fino y delicado velo 
de nuestra madre argenta 
en acompasado andar del anzuelo 
sobre la estela del camino alienta 
con raudo viento el sutil consuelo 
de aquellos cuya labor les reinventa. 

Mientras nos entonamos dulces cantos 

en profundos sueños y sórdidos lugares 
a donde el sol no teme llegar en aspavientos 
ha de acudir en fatuo velo desde oscuros lares 
cuando el gentío deja de estar como andantes 
perdidos en la vereda de los rumbos siniestros. 

Vivo por quien sigue una suave estela de platino 

y una trémula luz de brillante plata 
entre las insomnes estrellas en un velo ínfimo 
de radiante fulgor ante toda esperanza rota. 

Una silenciosa velada entre miriadas 

de aquellos delicados y celestes joyeles 
mientras nosotros dormimos como las hadas 
andan entre nuestros asuntos cuan hijos de reyes.



Éste poema fue de mis años de estudiante. Ojalà lo disfruten.

lunes, 7 de septiembre de 2015

Danza del eclipse

Hace mucho tiempo, dos personas murieron. Su mundo en la eterna oscuridad yacía sumido tras el colapso del primer sol y la primera luna.

 Ella era una pobre lechera, siempre anhelante de los placeres que él, un rico y generoso mecenas de un joven orfebre, desdeñaba. Y sin  haberse conocido hasta el final, danzaron cada quien por su lado años enteros, buscando el solaz que el eterno descanso prometía.

Ella se había vuelto un arrogante rayo de sol, alegre, distante y terrible que evitaba toda compañía. Áureo su vestido, de plata sus cabellos y, en sus brazos, danzarines cascabeles que destellaban un reflejo carmesí al atardecer.

Él, por su lado, se convirtió en un humilde rayo de luna. Cuando los campesinos vieron lo errático que era, le dieron numerosas prendas. Un manto negro cuando debía ser era de recogida, adornos de plata en brazos y piernas que anunciasen su proximidad y una capa, también argenta, cuando la siembra llegar deba. Aparte, le concedieron a ese atuendo el don de enrojecer cuando el mundo en reflexiones embebido no estaría, escarlata como la sangre.

Cada cierto tiempo, él la contemplaba. Primero con desprecio, luego con intriga. A la par, ella le deseó, pero al ver la pobreza de su atuendo, se rió de él y quemó sus galas apenas el primer acercamiento. Tal fue su dolor al conocer sus propios sentimientos que se arrepintió.

Pero el daño estaba hecho.

Entonces, ella descargó su ira con la humanidad. Secó ríos y lagos volviéndolos desiertos y ciénagas, asoló campos de cultivo e incendió bosques, selvas y poblados, aterrando a los pobres hombres y mujeres que antaño le hacían ofrendas por su belleza y su divinidad.

El único consuelo que la humanidad tenía era siempre el ocaso, cuando las inmortales estrellas y el rayo de luna danzaban al compás, convocando por momentos la lluvia que el mundo y la humanidad tanto necesitaban. Los altos sacerdotes le imploraron que hiciese algo, y los reyes de los hombres y las mujeres le reclamaban por sus abandonos.

Lejos, el ahora viejo orfebre logró hablar con el rayo de luna sin saber quien fue antes. Suplicó, con lágrimas en los ojos, la ayuda que todos necesitaban. Describió, con desgarrador llanto, como su buena mujer murió en brazos de su hijo menor a causa de un incendio causado por el sol. Contó y lamentó el día que una lechera rehusó pagar un sencillo adorno de cobre y como su amigo y patrocinador le pagó dicha pieza. El rayo de luna pidió ver la joya, y, en el acto, la convirtió en un hermoso collar como nunca se había visto en el mundo. El orfebre, maravillado, preguntó quien era en realidad. El solo dijo:

-Descansa, viejo amigo. Tu tarea quedará pagada por siempre. Duerme ahora.

En el acto, el orfebre cerró los ojos y cayó sumido en un profundo sueño.

Mientras, el ardor de la Dama del rayo de sol quemaba un bosque cercano a la montaña donde trabajaba el hijo del orfebre extraía la materia prima del oficio de su padre. No tardó el rayo de luna, navegando sobre los cielos en el navío que era ya la luna, en llegar y acercarse a la Dama.

-Te negaste a pagar una joya hace tiempo. Ahora la portarás el resto de tu vida.

La joya oscureció y calmó el furor del rayo de sol, y se maravilló al ver que la misma joya que no quiso pagar le era ofrecida como un ruego de paz para la humanidad. Ya no de cobre, sino de refulgente plata con una piedra roja engarzada recién. La cadena, de filigrana de oro, estaba tan intrincadamente trabajada que no sabía a ciencia cierta donde empezaba y donde acababa.

Enternecida por semejante regalo, decidió rechazarlo. No por falta de interés ni por desprecio al joven rayo de luna, sino por amor. Empero, él le rogó que, cuando ambos decidieran reencontrarse, ella lo usase como insignia de reconocimiento. De igual manera, ella le hizo prometer que, cada vez que él se sintiera solo, usara aquél manto rojo con el que él quiso acercarse la primera vez.

Por ello, cada vez que el joven rayo de luna deseaba acercarse a su ocasional acompañante, ella se colocaba la joya y le permitía seguirlo en su navío. Y él vestía de escarlata toda vez que se sentía solo.