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lunes, 7 de septiembre de 2015

Danza del eclipse

Hace mucho tiempo, dos personas murieron. Su mundo en la eterna oscuridad yacía sumido tras el colapso del primer sol y la primera luna.

 Ella era una pobre lechera, siempre anhelante de los placeres que él, un rico y generoso mecenas de un joven orfebre, desdeñaba. Y sin  haberse conocido hasta el final, danzaron cada quien por su lado años enteros, buscando el solaz que el eterno descanso prometía.

Ella se había vuelto un arrogante rayo de sol, alegre, distante y terrible que evitaba toda compañía. Áureo su vestido, de plata sus cabellos y, en sus brazos, danzarines cascabeles que destellaban un reflejo carmesí al atardecer.

Él, por su lado, se convirtió en un humilde rayo de luna. Cuando los campesinos vieron lo errático que era, le dieron numerosas prendas. Un manto negro cuando debía ser era de recogida, adornos de plata en brazos y piernas que anunciasen su proximidad y una capa, también argenta, cuando la siembra llegar deba. Aparte, le concedieron a ese atuendo el don de enrojecer cuando el mundo en reflexiones embebido no estaría, escarlata como la sangre.

Cada cierto tiempo, él la contemplaba. Primero con desprecio, luego con intriga. A la par, ella le deseó, pero al ver la pobreza de su atuendo, se rió de él y quemó sus galas apenas el primer acercamiento. Tal fue su dolor al conocer sus propios sentimientos que se arrepintió.

Pero el daño estaba hecho.

Entonces, ella descargó su ira con la humanidad. Secó ríos y lagos volviéndolos desiertos y ciénagas, asoló campos de cultivo e incendió bosques, selvas y poblados, aterrando a los pobres hombres y mujeres que antaño le hacían ofrendas por su belleza y su divinidad.

El único consuelo que la humanidad tenía era siempre el ocaso, cuando las inmortales estrellas y el rayo de luna danzaban al compás, convocando por momentos la lluvia que el mundo y la humanidad tanto necesitaban. Los altos sacerdotes le imploraron que hiciese algo, y los reyes de los hombres y las mujeres le reclamaban por sus abandonos.

Lejos, el ahora viejo orfebre logró hablar con el rayo de luna sin saber quien fue antes. Suplicó, con lágrimas en los ojos, la ayuda que todos necesitaban. Describió, con desgarrador llanto, como su buena mujer murió en brazos de su hijo menor a causa de un incendio causado por el sol. Contó y lamentó el día que una lechera rehusó pagar un sencillo adorno de cobre y como su amigo y patrocinador le pagó dicha pieza. El rayo de luna pidió ver la joya, y, en el acto, la convirtió en un hermoso collar como nunca se había visto en el mundo. El orfebre, maravillado, preguntó quien era en realidad. El solo dijo:

-Descansa, viejo amigo. Tu tarea quedará pagada por siempre. Duerme ahora.

En el acto, el orfebre cerró los ojos y cayó sumido en un profundo sueño.

Mientras, el ardor de la Dama del rayo de sol quemaba un bosque cercano a la montaña donde trabajaba el hijo del orfebre extraía la materia prima del oficio de su padre. No tardó el rayo de luna, navegando sobre los cielos en el navío que era ya la luna, en llegar y acercarse a la Dama.

-Te negaste a pagar una joya hace tiempo. Ahora la portarás el resto de tu vida.

La joya oscureció y calmó el furor del rayo de sol, y se maravilló al ver que la misma joya que no quiso pagar le era ofrecida como un ruego de paz para la humanidad. Ya no de cobre, sino de refulgente plata con una piedra roja engarzada recién. La cadena, de filigrana de oro, estaba tan intrincadamente trabajada que no sabía a ciencia cierta donde empezaba y donde acababa.

Enternecida por semejante regalo, decidió rechazarlo. No por falta de interés ni por desprecio al joven rayo de luna, sino por amor. Empero, él le rogó que, cuando ambos decidieran reencontrarse, ella lo usase como insignia de reconocimiento. De igual manera, ella le hizo prometer que, cada vez que él se sintiera solo, usara aquél manto rojo con el que él quiso acercarse la primera vez.

Por ello, cada vez que el joven rayo de luna deseaba acercarse a su ocasional acompañante, ella se colocaba la joya y le permitía seguirlo en su navío. Y él vestía de escarlata toda vez que se sentía solo.

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